"Los católicos en internet debemos construir caminos de evangelización, no de odio e intolerancia".

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

Pontificia, Real, Ilustre, Franciscana y Muy Antigua Hermandad del Santo Rosario de la Divina Pastora de las Almas y Redil Eucarístico -CANTILLANA-

lunes, 29 de julio de 2013

El Papa Francisco en Brasil


Tras el viaje apostólico de S.S. Francisco a Río de Janeiro con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, les ofrecemos un libro descargable en pdf, con todos sus discursos, homilías, mensajes y oraciones, por cortesía de Aciprensa


Pinche en la imagen para descargar este libro

Año de la Fe, año del catecismo (XII)

CAPÍTULO TERCERO
«CREO EN EL ESPÍRITU SANTO»

136. ¿Qué quiere decir la Iglesia cuando confiesa: «Creo en el Espíritu Santo»?
Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo y «que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El Espíritu Santo «ha sido enviado a nuestros corazones» (Ga 4, 6), a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios.

137. ¿Por qué la misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables?
La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios «Padre» (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción, cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia.

138. ¿Cuáles son los apelativos del Espíritu Santo?
«Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús lo llama también Espíritu Paráclito (Consolador, Abogado) y Espíritu de Verdad. El NuevoTestamento lo llama Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de la gloria y de la promesa.

139. ¿Con qué símbolos se representa al Espíritu Santo?
Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él.

140. ¿Qué significa que el Espíritu «habló por los Profetas»?
Con el término «Profetas» se entiende a cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en nombre de Dios. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento halla su cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en el Nuevo Testamento.

141. ¿Cuál es la obra del Espíritu Santo en Juan el Bautista?
El Espíritu colma con sus dones a Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento, quien, bajo la acción del Espíritu, es enviado para que «prepare al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y anunciar la venida de Cristo, Hijo de Dios: aquel sobre el que ha visto descender y permanecer el Espíritu, «aquel que bautiza en el Espíritu» (Jn 1, 33).

142. ¿Cuál es la obra del Espíritu Santo en María?
El Espíritu Santo culmina en María las expectativas y la preparación del Antiguo Testamento para la venida de Cristo. De manera única la llena de gracia y hace fecunda su virginidad, para dar a luz al Hijo de Dios encarnado. Hace de Ella la Madre del «Cristo total», es decir, de Jesús Cabeza y de la Iglesia su cuerpo. María está presente entre los Doce el día de Pentecostés, cuando el Espíritu inaugura los «últimos tiempos» con la manifestación de la Iglesia.

143. ¿Qué relación existe entre el Espíritu y Jesucristo, en su misión en la tierra?
Desde el primer instante de la Encarnación, el Hijo de Dios, por la unción del Espíritu Santo, es consagrado Mesías en su humanidad. Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Padres, y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección.

144. ¿Qué sucedió el día de Pentecostés?
En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada. La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria. «Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque
Ella nos ha salvado» (Liturgia bizantina. Tropario de las vísperas de Pentecostés).

145. ¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?
El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22).

146. ¿Cómo actúan Cristo y su Espíritu en el corazón de los bautizados?

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la oración.

martes, 23 de julio de 2013

La JMJ de Río de Janeiro en directo


Gracias a la señal del Centro Televisivo Vaticano, nuestros lectores podrán seguir en directo desde nuestro blog el Viaje Apostólico de S.S. el Papa Francisco, con motivo de la celebración de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (Brasil).

A continuación le ofrecemos la agenda del Santo Padre para los próximos días 

(Los horarios se ofrecen en la hora local de Río de Janeiro, 5 horas más en España)

Miércoles 24 de julio de 2013
08.15Salida en helicóptero desde el helipuerto de Sumaré hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida
09.30Llegada al helipuerto del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida
10.00Veneración de la imagen de la Virgen en la Sala de los 12 Apóstoles del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida
10.30Santa Misa en la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida
Homilía del Santo Padre
13.00Almuerzo con el séquito papal, los obispos de la provincia y los seminaristas en el Seminario Bon Jesús de Aparecida
16.10Salida en helicóptero desde helipuerto del Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida hacia Río de Janeiro
17.25Llegada al Aeropuerto Santos Dumont (III Comar) de Río de Janeiro
18.30Visita al Hospital San Francisco de Asís de la Providencia - V.O.T. de Río de Janeiro
Discurso del Santo Padre

Jueves 25 de julio de 2013
07.30Santa Misa en privado en la Residencia de Sumaré, Río de Janeiro
09.45Entrega de las llaves de la ciudad al Santo Padre y Bendición de las banderas olímpicas en el Palacio de la Ciudad, Río de Janeiro
11.00Visita a la comunidad de Varginha (Manguinhos), Río de Janeiro
Discurso del Santo Padre
18.00Fiesta de acogida de los jóvenes en el paseo marítimo de Copacabana, Río de Janeiro
Saludo y Discurso del Santo Padre

Viernes 26 de julio de 2013
07.30Santa Misa en privado en la Residencia de Sumaré, Río de Janeiro
10.00Confesión de algunos jóvenes de la XXVIII JMJ en el Parco de la Quinta da Boa Vista, Río de Janeiro
11.30Breve encuentro en el palacio arzobispal San Joaquín con algunos jóvenes reclusos, Río de Janeiro
12.00Rezo del Angelus Domini desde el balcón central del palacio arzobispal San Joaquín, Río de Janeiro
Alocución del Santo Padre
12.15Saludo al Comité organizador de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud y a los benefactores nel palacio arzobispal San Joaquín, Río de Janeiro
13.00Almuerzo con los jóvenes en el Salón del palacio arzobispal San Joaquín, Río de Janeiro
18.00Vía Crucis con los jóvenes en el paseo marítimo de Copacabana a Río de Janeiro
Discurso del Santo Padre

Sábado 27 de julio de 2013
09.00Santa Misa con los obispos de la XXVIII JMJ y con los sacerdotes, religiosos y seminaristas en la Catedral de San Sebastián de Río de JaneiroHomilía del Santo Padre
11.30Encuentro con la clase dirigente de Brasil en el Teatro Municipal de Río de JaneiroDiscurso del Santo Padre
13.30Almuerzo con los cardenales de Brasil, la presidencia de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, los obispos de la región y el séquito papal en el refectorio del Centro de Estudios de Sumaré, Río de Janeiro
19.30Vigilia de oración con los jóvenes en el Campus Fidei de GuaratibaDiscurso del Santo Padre

Domingo 28 de julio de 2013
10.00Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en el Campus Fidei de GuaratibaHomilía del Santo Padre
Rezo del Angelus Domini en el Campus Fidei de GuaratibaAlocución del Santo Padre
14.00Almuerzo con el séquito papal en el refectorio del Centro de Estudios de Sumaré, Río de Janeiro
16.00Encuentro con el Comité de coordinación del Celam en el Centro de Estudios de Sumaré, Río de JaneiroDiscurso del Santo Padre
16.40Despedida de la Residencia de Sumaré, Río de Janeiro
17.30Encuentro con los voluntarios de la XXVIII JMJ en el Pabellón 5 de Río Centro, Río de JaneiroDiscurso del Santo Padre
18.30Ceremonia de despedida en el Aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim de Río de JaneiroDiscurso del Santo Padre
19.00Salida en avión desde el Aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim de Río de Janeiro hacia Roma

Lunes 29 de julio de 2013
Roma
11.30  Llegada al aeropuerto

Himno de la JMJ en español

viernes, 19 de julio de 2013

El pecado de la desinformación, la difamación y la calumnia

Tenemos que seguir a Jesús, renunciando a las costumbres equivocadas de entrometernos en la vida de los otros, hacer comparaciones, hablar mal. Ni chismes ni comparaciones. «¿A ti qué te importa?»dijo Jesús a Pedro que se había inmiscuido en la vida del discípulo Juan, «a quien Jesús amaba». Pedro tenía «un diálogo de amor» con el Señor, pero luego el diálogo «se ha desviado hacia otro carril» y él también padece una tentación: «Inmiscuirse en la vida de los otros». Como se dice «vulgarmente» Pedro hace de «curioso».

Cuando intentamos compararnos con los demás «terminamos en la amargura y hasta en la envidia, y la envidia arruina la comunidad cristiana»,  «le hace mucho daño», y «el diablo quiere eso». La segunda forma de esta tentación son los chismes. Se empieza de una manera «muy educada», pero luego terminamos «despellejando al prójimo»: «¡Cuánto se chismea en la Iglesia! ¡Cuánto chismeamos nosotros los cristianos!

El chisme es propio de despellejarse. Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro. En lugar de crecer yo, hago que el otro sea aplanado y me siento muy bien. ¡Esto no va! Parece agradable chismear... No sé por qué, pero se siente bien. Como un caramelo de miel, ¿verdad? Te comes uno -¡Ah, qué bien! -Y luego otro, otro, otro, y al final tienes dolor de estómago. ¿Y por qué? El chisme es así: es dulce al principio y luego te arruina, ¡te arruina el alma! Los chismes son destructivos en la Iglesia, son destructivos ... Es un poco como el espíritu de Caín: matar al hermano, con su lengua; ¡matar a su hermano!». En este camino «¡nos convertimos en cristianos de buenas costumbres y malos hábitos!» Pero ¿cómo se presenta el chisme? Normalmente de tres formas. Desinformamos: decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad; la otra mitad no la decimos porque no es conveniente para nosotros. En segundo lugar está la difamación: Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contarlo, «hacer de periodista»... ¡Y la fama de esta persona está arruinada!

Y la tercera es la calumnia: decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano! Todas estas tres–la desinformación, la difamación y la calumnia– ¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos». Es por eso que Jesús hace con nosotros como lo hizo con Pedro cuando lo reprende: «¿A ti qué te importa? ¡Tú sígueme!» El Señor realmente nos «señala el camino»: «El chisme no te hará bien, porque te llevará a este espíritu de destrucción en la Iglesia.

¡Sígueme!». Es hermosa esta palabra de Jesús, que es tan clara, es tan amorosa para nosotros. Como si dijera: «No hagan fantasías, creyendo que la salvación está en la comparación con los demás o en el chisme. La salvación es ir detrás de mí». ¡Seguir a Jesús! Pidamos hoy al Señor que nos dé esta gracia de nunca inmiscuirnos en la vida de los demás, de seguir a Jesús, para ir detrás de él, en su camino. ¡Y esto es suficiente!».
 Extracto de la homilía del Papa Francisco (18/V/2013)

La difamación y la calumnia

Grave falta se comete al mentir para dañar el buen nombre del prójimo o manifestar sin causa justa sus pecados y defectos. Mayor gravedad reviste el pecado de calumnia, ya que combina tres pecados: uno contra la veracidad (mentir), otro contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y el tercero contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo). La calumnia hiere al prójimo en lo más delicado: su reputación.

Si a un hombre le robamos su reloj, puede enojarse o entristecerse, pero normalmente al cabo del tiempo quizá compre otro. Pero si lo perdido es su buen nombre, lo privamos de algo que no podrá comprar con dinero. Es fácil entender, pues, que el pecado de calumnia es mortal si con él dañamos gravemente el honor del prójimo, aunque sea en la estimación de unas pocas gentes. Y esto es así incluso aunque ese mismo prójimo no se entere del daño que le hemos causado.

Alegoría de la calumnia
Lo anterior se aplica también cuando deliberada e injustamente dañamos la reputación del prójimo sólo en nuestra propia mente. Esto es el juicio temerario, un pecado que nos afecta a todos y al que muy posiblemente demos poca importancia. Si alguien inesperadamente realiza una buena acción, y yo me sorprendo pensando: “eso lo hizo sólo por presumir”, he cometido un pecado de juicio temerario. Si alguien hace un acto de generosidad, y yo me digo: “¿a quién tratará de impresionar?”, pecó contra el octavo mandamiento.

No sólo se falta al octavo mandamiento con la palabra y la mente, sino que también hay pecados de oído. Escuchar con gusto la calumnia y difamación, aunque no digamos una palabra, fomenta la difusión de murmuraciones maliciosas. Nuestro deber cuando se ataque la fama de alguien en nuestra presencia, es cambiar la conversación, e incluso intentar sacar a relucir las virtudes del difamado.

Afrentar la dignidad de una persona, es decir, lesionar su honor, es el pecado de contumelia. En los pecados anteriores el prójimo está ausente, en éste el prójimo está presente. Este pecado de contumelia adopta distintas modalidades. Una de ellas sería, por ejemplo, negarnos a dar al prójimo las muestras de respeto y amistad que le son debidas, como no contestar su saludo o ignorar su presencia, como hablarle de modo altanero o ponerle apodos humillantes. Un pecado parecido es esa crítica despreciativa, ese encontrar faltas en todo, que para algunas personas parece constituir una arraigada costumbre.

Conviene recordar por último que este mandamiento, igual que el séptimo, nos obliga a reparar los males causados. Si perjudicamos a un tercero con alguna mentira, lo difamamos, lo humillamos o revelamos sus secretos, nuestra falta no estará saldada hasta que compensemos los perjuicios lo mejor posible. Y debemos hacerlo aunque hacer esa reparación nos exija humillarnos o sufrir un perjuicio nosotros mismos.

Si he calumniado, debo decir que me había equivocado radicalmente; si he murmurado, tengo que compensar mi difamación hablando cosas buenas del afectado; si he insultado, debo pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público, debo reparar lo mejor que pueda las consecuencias que se sigan de mi imprudencia.

Ojalá que la comprensión de la Verdad como atributo divino nos ayude a aborrecer todo lo que sepa a doblez, simulación, charlatanería y murmuración. “Que sea tu sí, sí; y tu no, no” (Mt. 5, 37); abrir la boca sólo para decir lo que estamos seguros de que es cierto y que es oportuno para el bien de nuestro interlocutor. Que nunca hablemos del prójimo si no es para alabarlo, y, si tenemos que decir de él algo negativo, lo hagamos obligados por una razón grave y suavizando nuestras palabras con el aceite de la caridad.
 Ricardo Sada Fernández

lunes, 15 de julio de 2013

Reflexión semanal: Frente a la soberbia y vanidad, humildad cristiana

"La vanidad y el alardeo, son una actitud de espiritualidad mundana, que es el peor pecado de la Iglesia" (Papa Francisco) 


El Catecismo de la Iglesia Católica, nos sitúa la soberbia como el primero de los pecados capitales y fuente de otros pecados.En efecto, el orgullo y el egoísmo constituyen la raíz del pecado y la falta más común. Todos los humanos los compartimos. Es decir, no todos somos ladrones, no todos mentimos, pero todos tenemos un problema con el orgullo, la vanagloria o el egoísmo. La vanagloria, ese viejo vicio de la humanidad, es orgullo vacío, estima propia infundada, engreimiento. En otras palabras, "gloria vana".

Las palabras del Papa Francisco son, como siempre, muy claras en este aspecto: "La vanidad, el alardeo, son una actitud de espiritualidad mundana, que es el peor pecado de la Iglesia. Es una afirmación que se encuentra en las páginas finales del libro Méditation sur l’Église de Henri de Lubac. La espiritualidad mundana es un antropocentrismo religioso que tiene algunos aspectos gnósticos. El arribismo, la búsqueda del éxito, pertenecen plenamente a esta espiritualidad mundana. Para explicarlo, suelo recurrir a un ejemplo: Miren el pavo real, qué hermoso es si lo ves de frente. Pero si das unos pasos y le ves desde atrás, pillas la realidad. Quien ceda a la vanidad autorreferencial en el fondo esconde una miseria muy grande".

El psiquiatra Enrique Rojas define la soberbia de la siguiente forma: " La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal. Ante la soberbia dejamos de ver nuestros propios defectos, quedando éstos diluidos en nuestra imagen de personas superiores que no son capaces de ver nada a su altura, todo les queda pequeño".

Frente a la práctica de la soberbia y el culto a la propia personalidad, se ha de contraponer el ejercicio de la humildad.

La humildad es una virtud derivada de la templanza, porque modera el apetito que tenemos de la propia excelencia. Es una virtud que no conocieron los paganos; para éstos, humildad significaba algo vil, abyecto, servil e innoble. No acontecía lo mismo entre los judíos: iluminados por la fe, los mejores de entre ellos, los justos, conociendo hondamente su nada y su miseria, recibían con paciencia la tribulación como un medio de expiación. Dios entonces se inclinaba propicio hacia ellos para remediarlos; gustaba de escuchas sus oraciones y perdonaba al pecador contrito y humillado. Para nosotros cristianos esta virtud es más comprensible, dado que tenemos el ejemplo luminoso de Cristo.

Definamos la humildad como la virtud que por medio del conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos, y a procurar para nosotros la obscuridad y el menosprecio. Santa Teresa dice que la humildad es andar en verdad. El P. Marcial Maciel la define como la virtud que nos coloca en la verdad de nosotros mismos y de nuestras relaciones con Dios y con los demás. Textualmente dice así: “Recuerden que todo progreso en el conocimiento y en la experiencia de Cristo está relacionado con ella, pues, mientras más humildes y más vacíos se encuentren de sí mismos, serán más justos y más semejantes a Cristo que siendo Dios se humilló hasta la muerte de cruz, más llenos de Dios, fuente inagotable de santidad, y más abiertos, generosos y comprensivos con los hombres. Recuerden, finalmente, que la fecundidad apostólica depende del poder de Cristo, y no tanto de las propias cualidades, aptitudes o esfuerzos, ya que sin Él nada podemos hacer en el orden de la gracia”.

Para ser santos, crecer en las virtudes y tener fecundidad apostólica necesitamos de la humildad. Para contrarrestar la soberbia, el orgullo y la vanidad, tendencias que todos llevamos dentro, por culpa del pecado original, nada mejor que trabajar en la humildad. Dios al humilde da su gracia, al soberbio lo rechaza.

Seamos humildes servidores de todos, obrando con tanta sencillez que arrastremos a los demás, con nuestro ejemplo, a alabar y glorificar a Dios. Ante los progresos obtenidos en el camino de la santidad, y los logros en el desempeño de la misión encomendada, sigamos el ejemplo de María, descubriendo en ellos la obra del Todopoderoso, y no olvidemos las palabras de Cristo: “Cuando hiciereis estas cosas que os están mandadas, decid: “Siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, eso hicimos! (Lucas 17,10). 


viernes, 12 de julio de 2013

Internet y las redes sociales: caminos de evangelización, no de odio e intolerancia


"La ética debería regular la participación en las redes sociales y en los llamados blogs, en los que el anonimato y la impunidad pueden producir daños irreparables a las personas"


Vivimos en la era digital, en la que cabe admirar el potencial extraordinario que albergan estos nuevos medios, cuando se usan para favorecer la comprensión y la solidaridad humana. Son entonces un verdadero don para la humanidad.

La telefonía móvil, los ordenadores, internet y las llamadas redes sociales han potenciado la intercomunicación entre todos los lugares de la tierra, cosa impensable hace sólo unos años. Los jóvenes utilizan estos medios para entrar en contacto con otros jóvenes, para encontrar nuevas amistades, para crear comunidades y redes, para buscar información y noticias y para compartir ideas y opiniones. Las familias se comunican fácilmente, aunque sus miembros estén muy lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso más fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos científicos, y pueden así trabajar en equipo desde diversos lugares. Todo ello contribuye indudablemente al progreso de la humanidad. 

El desarrollo y la popularidad que estos medios han alcanzado responde al instinto sociable del ser humano, al anhelo de comunicación y amistad que está inscrito en nuestra propia naturaleza, reflejo del amor comunicativo y unificador de Dios, que quiere hacer del mundo una sola familia. En realidad, cuando nos abrimos a los demás, nos hacemos más plenamente humanos. Pero no basta favorecer el desarrollo de la comunicación entre las personas. Es preciso cuidar además la calidad de los contenidos que ponemos en circulación. En éste, como en otros campos, no vale todo. Es, pues, necesario que la ética dignifique y modere los avances en este sector tan importante de la vida social. Por ello, cuantos trabajan en el mundo de la comunicación han de respetar la verdad y la dignidad de la persona; han de promover además la cultura del diálogo y la amistad, evitando  compartir palabras e imágenes degradantes para el ser humano, excluyendo aquello que alimenta el odio y la intolerancia o lo que explota a los débiles e indefensos.

Las nuevas tecnologías han abierto caminos para el diálogo entre personas de diversos países, culturas y religiones, permitiendo encontrarse y conocer los valores y tradiciones de otros. Las nuevas formas de comunicación están favoreciendo también la amistad entre las personas y los pueblos. A través de la amistad, un auténtico valor que embellece nuestra vida, crecemos y nos desarrollamos como seres humanos. Por ello, hemos de procurar no banalizar estas experiencias. La adquisición de nuevas amistades a través de internet no puede ir en menoscabo de nuestra  disponibilidad para la familia, nuestros amigos y las personas que entretejen nuestra vida. Eso sucede cuando el ordenador se convierte en un ídolo y el deseo de entrar en contacto con otros degenera en algo obsesivo. Entonces la persona se aísla, se alteran los ritmos del descanso y se carece de tiempo para la familia, el silencio y la reflexión, necesarios para un desarrollo sano y equilibrado de la persona. Sería deseable también que la ética regulara la participación en las redes sociales y en los llamados blogs, en los que el anonimato y la impunidad pueden producir daños irreparables a las personas, para lo que sería necesario algún tipo de regulación legal.

En el mensaje que Benedicto XVI escribió para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, titulado «Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización», invita el Papa a los jóvenes católicos, y también a los adultos, a compartir con otras personas, a través de las redes sociales, el Mensaje de Jesús y los valores de la dignidad humana que promueven sus enseñanzas. En este sentido afirma el Santo Padre que los  creyentes tenemos que tener cada vez más claro que “si la Buena Noticia no se da a conocer también en el ambiente digital podría quedar fuera del ámbito de la experiencia de muchas personas para las que este espacio existencial es importante”.

Efectivamente, el medio digital no es un mundo paralelo o puramente virtual, sino que forma parte de la realidad cotidiana de muchos, y en este mundo hay que anunciar también a Jesucristo como camino, verdad  y vida del mundo, fuente de sentido y de esperanza para todos, pero muy especialmente para los jóvenes. Nuevas tecnologías de la comunicación y redes sociales no son realidades ajenas a la Nueva Evangelización, sino complementarias, pues la Iglesia tiene que ofrecer al mundo el mejor tesoro que posee por todos los medios a su alcance.

Al tiempo que saludo con respeto y afecto a los profesionales de los Medios de comunicación social, a los que agradezco el servicio que prestan a la Iglesia  haciendo de altavoces de nuestra noticias, a todos os envío mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina                                                                  
Arzobispo de Sevilla
 (5 de mayo de 2013)

jueves, 11 de julio de 2013

Festividad de San Benito Abad

San Benito, fundador del monasterio de Monte Cassino y gran legislador del monaquismo de Occidente, nace con su hermana gemela Escolástica, en el seno de una familia patricia, sus padres Eutropio y Abundancia, en Nursia (Perusa) hacia el año 480 de nuestra era.

Finalizados los primeros estudios, viaja a Roma; disgustado por las imperantes malas costumbres, lo abandona todo y se retira entre las solitarias áreas rupestres de Subíaco y se entrega a la vida ermitaña «soli Deo placere cupiens» —como escribe su biógrafo San Gregorio Magno: deseando complacer solamente a Dios.

Atraídos por su santa vida, algunos monjes que moraban en los alrededores, le requieren con insistencia como su superior y maestro: Benito acepta, pero en cuanto trata de corregir su conducta, no muy ejemplar, atentan contra su vida con una copa envenenada que él rompe al bendecirla con el signo de la cruz.

Después de haber constituido doce pequeños monasterios, San Benito deja Subíaco y se dirige hacia el sur, acompañado por algunos discípulos. No se conocen las razones por las cuales selecciona el monte «en el cual Cassino está: en la costa» (Dante, XXII, 37), aún cuando puede pensarse en la generosidad de algún benefactor patricio.

Dotado de sentido práctico, Benito, en la zona del actual claustro de acceso, adapta el templo pagano a oratorio de su comunidad y utiliza los restantes edificios como habitaciones de monjes y peregrinos y también como áreas para las diferentes actividades de trabajo.

En la cima del monte, donde surgía un bosquecito pagano, es construido un pequeño oratorio en honor a San Juan Bautista, destinado para fines de camposanto. Aún hoy en día el venerado sitio del sepulcro de San Benito y de su hermana Santa Escolástica corresponde exactamente a la parte inferior Altar mayor, Basílica.

 A la obra de la implantación monástica, San Benito une el anuncio del Evangelio entre los pobladores de la llanura de abajo. Esta misión está aún hoy día encomendada a la comunidad monástica, por lo cual la ciudad de Cassino y las veinte comunidades aledañas forman parte de la jurisdicción pastoral del abad de Monte Cassino.

En Monte Cassino, San Benito completa la implantación de su Regula monachorum, o Regla de los monjes; «pequeño compendio del Evangelio», como la definió Bossuet. Siempre en Monte Cassino, el gran Patriarca, cercano a los setenta años, cerrará su existencia terrenal. Apenas antes de su muerte, sintiendo flaquear sus fuerzas, se hará llevar al oratorio de San Martín y allí, con los brazos tendidos hacia el cielo, después de haber recibido el Cuerpo de Nuestro Señor. La fecha de su muerte ha sido fijada por la tradición en el día 21 de marzo del 547. Su fiesta se celebra el 11 de julio.

         

lunes, 8 de julio de 2013

"Madre de Cristo, nuestra luz, fe y alegría, ayúdanos a creer en su amor"

La encíclica del Papa Francisco «La Luz de la Fe», culmina con la invitación a mirar a la Virgen María, «icono perfecto» de la fe, porque, como Madre de Jesús, ha concebido «fe y alegría». «¡Bienaventurada la que ha creído! (Lc 1,45)» En la conclusión de la Encíclica Lumen Fidei, el Papa Francisco reitera, con su amado predecesor Benedicto XVI, que «en María, Hija de Sión, se cumple la larga historia de fe del Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles, comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva. En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en ella y naciese como luz para los hombres».

Recordando la hermosa expresión, que dice que María, al aceptar el mensaje del Ángel, concibió « fe y alegría » (San Justino mártir), señala que la Madre de Jesús, «ha realizado la peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo». María está íntimamente asociada, por su unión con Cristo, a lo que creemos. En la concepción virginal de María tenemos un signo claro de la filiación divina de Cristo. El origen eterno de Cristo está en el Padre. Siendo Hijo, Jesús puede traer al mundo un nuevo comienzo y una nueva luz, la plenitud del amor fiel de Dios, que se entrega a los hombres. María lo acompañará hasta la cruz (cf. Jn 19,25), desde donde su maternidad se extenderá a todos los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,26-27).
María estará presente también en el Cenáculo, después de la resurrección y de la ascensión, para implorar el don del Espíritu con los apóstoles (cf. Hch 1,14). Con María el movimiento de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu ha recorrido nuestra historia. A Ella se eleva como broche de oro de la Encíclica la oración del Papa Francisco para que ayude la fe del hombre, nos recuerde que aquellos que creen nunca están solos, y que nos enseñe a mirar con los ojos de Jesús.

«Nos dirigimos en oración a María, madre de la Iglesia y madre de nuestra fe.¡Madre, ayuda nuestra fe! Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada. Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe. Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.

Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino. Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor».

sábado, 6 de julio de 2013

Lumen Fidei (La luz de la Fe): Primera encíclica del Papa Francisco

A cuatro meses escasos de ser elegido Papa, la Santa Sede ha presentado la primera encíclica del Papa Francisco, titulada Lumen Fidei (La luz de la Fe).

Les ofrecemos a continuación una amplia síntesis de esta primera encíclica del Papa Francisco, publicada el pasado 5 de julio  y fechada el 29 de junio de este mismo año.

Lumen fidei - La luz de la fe (LF) es la primera encíclica firmada por el Papa Francisco. Dividida en cuatro capítulos, una introducción y una conclusión, la Carta - explica el Papa - se suma a las encíclicas del Papa Benedicto XVI sobre la caridad y la esperanza y asume el "valioso trabajo" realizado por el Papa emérito, que ya había "prácticamente completado" la encíclica sobre la fe. A este "primera redacción" el Santo Padre Francisco agrega ahora "algunas aportaciones".

La introducción (No. 1-7) de la LF ilustra los motivos en que se basa el documento: En primer lugar, recuperar el carácter de luz propio de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre, de ayudarlo a distinguir el bien del mal, sobre todo en una época como la moderna, en la que el creer se opone al buscar y la fe es vista como una ilusión, un salto al vacío que impide la libertad del hombre. En segundo lugar, la LF - justo en el Año de la Fe, 50 años después del Concilio Vaticano II, un "Concilio sobre la Fe" - quiere reavivar la percepción de la amplitud de los horizontes que la fe abre para confesarla en la unidad y la integridad. La fe, de hecho, no es un presupuesto que hay que dar por descontado, sino un don de Dios que debe ser alimentado y fortalecido. "Quien cree ve", escribe el Papa, porque la luz de la fe viene de Dios y es capaz de iluminar toda la existencia del hombre: procede del pasado, de la memoria de la vida de Jesús, pero también viene del futuro porque nos abre vastos horizontes.

El primer capítulo (8-22): Hemos creído en el amor (1 Jn 4, 16). En referencia a la figura bíblica de Abraham, la fe en este capítulo se explica como "escucha" de la Palabra de Dios, "llamada" a salir del aislamiento de su propio yo , para abrirse a una nueva vida y "promesa" del futuro, que hace posible la continuidad de nuestro camino en el tiempo, uniéndose así fuertemente a la esperanza. La fe también se caracteriza por la "paternidad", porque el Dios que nos llama no es un Dios extraño, sino que es Dios Padre, la fuente de bondad que es el origen de todo y sostiene todo. En la historia de Israel, lo contrario de la fe es la idolatría, que dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo "desintegra en los múltiples instantes de su historia", negándole la espera del tiempo de la promesa. Por el contrario, la fe es confiarse al amor misericordioso de Dios, que siempre acoge y perdona, que endereza "lo torcido de nuestra historia", es disponibilidad a dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios "es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación." (n. 14) Y aquí está la "paradoja" de la fe: el volverse constantemente al Señor hace que el hombre sea estable, y lo aleja de los ídolos.

La LF se detiene, después, en la figura de Jesús, el mediador que nos abre a una verdad más grande que nosotros, una manifestación del amor de Dios que es el fundamento de la fe "precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús la fe se refuerza", porque Él revela su inquebrantable amor por el hombre. También en cuanto resucitado Cristo es "testigo fiable", "digno de fe”, a través del cual Dios actúa realmente en la historia y determina el destino final. Pero hay "otro aspecto decisivo" de la fe en Jesús: "La participación en su modo de ver". La fe, en efecto, no sólo mira a Jesús, sino que también ve desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos. Usando una analogía, el Papa explica que, como en la vida diaria, confiamos en "la gente que sabe las cosas mejor que nosotros" - el arquitecto, el farmacéutico, el abogado - también en la fe necesitamos a alguien que sea fiable y experto en "las cosas de Dios" y Jesús es "aquel que nos explica a Dios." Por esta razón, creemos a Jesús cuando aceptamos su Palabra, y creemos en Jesús cuando lo acogemos en nuestras vidas y nos confiamos a él. Su encarnación, de hecho, hace que la fe no nos separe de la realidad, sino que nos permite captar su significado más profundo. Gracias a la fe, el hombre se salva, porque se abre a un Amor que lo precede y lo transforma desde su interior. Y esta es la acción propia del Espíritu Santo: "El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu" (n. 21). Fuera de la presencia del Espíritu, es imposible confesar al Señor. Por lo tanto, "la existencia creyente se convierte en existencia eclesial", porque la fe se confiesa dentro del cuerpo de la Iglesia, como "comunión real de los creyentes." Los cristianos son "uno" sin perder su individualidad y en el servicio a los demás cada uno gana su propio ser. Por eso, "la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva", sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio.

El segundo capítulo (23-36): Si no creéis, no comprenderéis (Is 07, 09). El Papa demuestra la estrecha relación entre fe y verdad, la verdad fiable de Dios, su presencia fiel en la historia. "La fe, sin verdad, no salva - escribe el Papa – Se queda en una bella fábula, la proyección de nuestros deseos de felicidad." Y hoy, debido a la "crisis de verdad en que nos encontramos", es más necesario que nunca subrayar esta conexión, porque la cultura contemporánea tiende a aceptar solo la verdad tecnológica, lo que el hombre puede construir y medir con la ciencia y lo que es "verdad porque funciona", o las verdades del individuo, válidas solo para uno mismo y no al servicio del bien común. Hoy se mira con recelo la "verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto", porque se la asocia erróneamente a las verdades exigidas por los regímenes totalitarios del siglo XX. Esto, sin embargo, implica el "gran olvido en nuestro mundo contemporáneo", que - en beneficio del relativismo y temiendo el fanatismo - olvida la pregunta sobre la verdad, sobre el origen de todo, la pregunta sobre Dios. La LF subraya el vínculo entre fe y amor, entendido no como "un sentimiento que va y viene", sino como el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da nuevos ojos para ver la realidad. Si, pues, la fe está ligada a la verdad y al amor, entonces "amor y verdad no se pueden separar", porque sólo el verdadero amor resiste la prueba del tiempo y se convierte en fuente de conocimiento. Y puesto que el conocimiento de la fe nace del amor fiel de Dios, "verdad y fidelidad van juntos". La verdad que nos abre la fe es una verdad centrada en el encuentro con el Cristo encarnado, que, viniendo entre nosotros, nos ha tocado y nos ha dado su gracia, transformando nuestros corazones.

Aquí el Papa abre una amplia reflexión sobre el "diálogo entre fe y razón", sobre la verdad en el mundo de hoy, donde a menudo viene reducida a la "autenticidad subjetiva", porque la verdad común da miedo, se identifica con la imposición intransigente de los totalitarismo. En cambio, si la verdad es la del amor de Dios, entonces no se impone con la violencia, no aplasta al individuo. Por esta razón, la fe no es intransigente, el creyente no es arrogante. Por el contrario, la verdad vuelve humildes y conduce a la convivencia y el respeto del otro. De ello se desprende que la fe lleva al diálogo en todos los ámbitos: en el campo de la ciencia, ya que despierta el sentido crítico y amplía los horizontes de la razón, invitándonos a mirar con asombro la Creación; en el encuentro interreligioso, en el que el cristianismo ofrece su contribución; en el diálogo con los no creyentes que no dejan de buscar, que "intentan vivir como si Dios existiese", porque "Dios es luminoso, y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón". "Quién se pone en camino para practicar el bien - afirma el Papa - se acerca a Dios". Por último, la LF habla de la teología y afirma que es imposible sin la fe, porque Dios no es un mero "objeto", sino que es Sujeto que se hace conocer. La teología es participación del conocimiento que Dios tiene de sí mismo; se desprende que debe ponerse al servicio de la fe de los cristianos y que el Magisterio de la Iglesia no es un límite a la libertad teológica, sino un elemento constitutivo porque garantiza el contacto con la fuente original, con la Palabra de Cristo.

El tercer capítulo (37-49): Transmito lo que he recibido (1 Co 15, 03). Todo el capítulo se centra en la importancia de la evangelización: quien se ha abierto al amor de Dios, no puede retener este regalo para sí mismo, escribe el Papa: La luz de Jesús resplandece sobre el rostro de los cristianos y así se difunde, se transmite bajo la forma del contacto, como una llama que se enciende de la otra, y pasa de generación en generación, a través de la cadena ininterrumpida de testigos de la fe. Esto comporta el vínculo entre fe y memoria, porque el amor de Dios mantiene unidos todos los tiempos y nos hace contemporáneos a Jesús. Por otra parte, se hace "imposible creer cada uno por su cuenta", porque la fe no es "una opción individual", sino que abre el yo al "nosotros" y se da siempre "dentro de la comunión de la Iglesia". Por esta razón, "quien cree nunca está solo": porque descubre que los espacios de su "yo" se amplían y generan nuevas relaciones que enriquecen la vida.

Hay, sin embargo, un "medio particular" por el que la fe se puede transmitir: son los Sacramentos, en los que se comunica "una memoria encarnada." El Papa cita en primer lugar el Bautismo – tanto de niños como de adultos, en la forma del catecumenado - que nos recuerda que la fe no es obra del individuo aislado, un acto que se puede cumplir solos, sino que debe ser recibida, en comunión eclesial . "Nadie se bautiza a sí mismo", dice la LF. Además, como el niño que tiene que ser bautizado no puede profesar la fe él solo, sino que debe ser apoyado por los padres y por los padrinos, se sigue "la importancia de la sinergia entre la Iglesia y la familia en la transmisión de la fe." En segundo lugar, la Encíclica cita la Eucaristía, "precioso alimento para la fe", "acto de memoria, actualización del misterio" y que "conduce del mundo visible al invisible," enseñándonos a ver la profundidad de lo real. El Papa recuerda después la confesión de la fe, el Credo, en el que el creyente no sólo confiesa la fe, sino que se ve implicado en la verdad que confiesa; la oración, el Padre Nuestro, con el que el cristiano comienza a ver con los ojos de Cristo; el Decálogo, entendido no como "un conjunto de preceptos negativos", sino como "un conjunto de indicaciones concretas" para entrar en diálogo con Dios, "dejándose abrazar por su misericordia", "camino de la gratitud" hacia la plenitud de la comunión con Dios . Por último, el Papa subraya que la fe es una porque uno es "el Dios conocido y confesado", porque se dirige al único Señor, que nos da la "unidad de visión" y "es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo Espíritu". Dado, pues, que la fe es una sola, entonces tiene que ser confesada en toda su pureza e integridad, "la unidad de la fe es la unidad de la Iglesia"; quitar algo a la fe es quitar algo a la verdad de la comunión. Además, ya que la unidad de la fe es la de un organismo vivo, puede asimilar en sí todo lo que encuentra, demostrando ser universal, católica, capaz de iluminar y llevar a su mejor expresión todo el cosmos y toda la historia. Esta unidad está garantizada por la sucesión apostólica.

El capítulo cuarto (n. 50-60): Dios prepara una ciudad para ellos (Hb 11, 16) Este capítulo explica la relación entre la fe y el bien común, lo que conduce a la formación de un lugar donde el hombre puede vivir junto con los demás. La fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio concreto de la justicia, el derecho y la paz. Es por esto que no nos aleja del mundo y no es ajena al compromiso concreto del hombre contemporáneo. Por el contrario, sin el amor fiable de Dios, la unidad entre todos los hombres estaría basada únicamente en la utilidad, el interés o el miedo. La fe, en cambio, capta el fundamento último de las relaciones humanas, su destino definitivo en Dios, y las pone al servicio del bien común. La fe "es un bien para todos, un bien común", no sirve únicamente para construir el más allá, sino que ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.

La encíclica se centra, después, en los ámbitos iluminados por la fe: en primer lugar, la familia fundada en el matrimonio, entendido como unión estable de un hombre y una mujer. Nace del reconocimiento y de la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual y, fundada sobre el amor en Cristo, promete "un amor para siempre" y reconoce el amor creador que lleva a generar hijos. Después los jóvenes: aquí el Papa cita las Jornadas Mundiales de la Juventud, en las que los jóvenes muestran "la alegría de la fe" y el compromiso de vivirla de un modo firme y generoso. "Los jóvenes aspiran a una vida grande - escribe el Papa -. El encuentro con Cristo da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para personas pusilánimes, sino que ensancha la vida". Y en todas las relaciones sociales: haciéndonos hijos de Dios, de hecho, la fe da un nuevo significado a la fraternidad universal entre los hombres, que no es mera igualdad, sino la experiencia de la paternidad de Dios, comprensión de la dignidad única de la persona singular. Otra área es la de la naturaleza: la fe nos ayuda a respetarla, a "buscar modelos de desarrollo que no se basen únicamente en la utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don"; nos enseña a encontrar las formas justas de gobierno, en las que la autoridad viene de Dios y está al servicio del bien común; nos ofrece la posibilidad del perdón que lleva a superar los conflictos. "Cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella", escribe el Papa, y si hiciéramos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros y quedaríamos unidos sólo por el miedo. Por esta razón no debemos avergonzarnos de confesar públicamente a Dios, porque la fe ilumina la vida social. Otro ámbito iluminado por la fe es el del sufrimiento y la muerte: el cristiano sabe que el sufrimiento no puede ser eliminado, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona, y ser así "etapa de crecimiento en la fe y el amor". Al hombre que sufre, Dios no le da un racionamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que acompaña, que abre un un resquicio de luz en la oscuridad. En este sentido, la fe está unida a la esperanza. Y aquí el Papa hace un llamamiento: "No nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino."

Conclusión (N º 58-60): Bienaventurada la que ha creído (Lc 1, 45) Al final de la LF, el Papa nos invita a mirar a María, "icono perfecto" de la fe, porque, como Madre de Jesús, ha concebido "fe y alegría." A Ella se alza la oración del Papa para que ayude la fe del hombre, nos recuerde que aquellos que creen nunca están solos, y que nos enseñe a mirar con los ojos de Jesús.

jueves, 4 de julio de 2013

Siempre hacia delante con Cristo

Catequesis para la familia, 1ª semana de julio de 2013


La dignidad del cristiano, del seguidor de Jesucristo, se muestra en su decisión de afrontar cada circunstancia con la sola confianza en Su Gracia, que basta.

El que nos amó primero nos muestra que es necesario entrar por esa puerta de la fe, que es Él, para cumplir completamente la misión, para llegar a la salvación.

No es el poder o la imposición, ni la seguridad de un puesto o la tranquilidad de un privilegio lo que lleva aparejado el seguimiento cristiano, sino la obediencia a la voluntad del Padre, la sencillez, la humildad y la determinada determinación de una conversión constante.

Así se nos presenta el Evangelio en esta XIII semana del Tiempo Ordinario. Y este miércoles con la fiesta de santo Tomás, apóstol, se reafirma la necesidad de esa misma fe, que hace decir al mismo Jesús: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

Quiero repasar algunos fragmentos de la carta apostólica “Porta Fidei”, en forma Motu Proprio que escribiera Benedicto XVI. Ahí nos dice el ahora Papa emérito u obispo emérito de Roma: “El Año de la Fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”. Por ser esto así es por lo que se pide esa decisión irrevocable, no encender dos velas “a Dios y al diablo” como se suele decir, porque al final nos habremos de decidir.

El Señor conoce muy bien nuestro corazón, no en vano Él nos hizo a Su imagen y semejanza. Sólo Él nos puede llenar por entero. Sólo Él nos basta para salvarnos.

Y sigue Benedicto XVI en la carta citada: “Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28,19)” Para poder cumplir esa misión hay que llevar su amor en el corazón, la urgencia de su caridad. Ésa es la condición indispensable para luego poder transmitir Su presencia a todos.

Las preguntas que propongo nos podríamos hacer esta semana serían: ¿A quién seguimos verdaderamente en el día a día, en cada acto de nuestra voluntad?¿Estamos apegados realmente a Aquel que nos puede salvar? ¿Le hacemos caso o pretendemos que Él nos lo haga antes con ciertas condiciones?

Durante este verano podemos vivir intensamente la fe en familia y celebrarla en la liturgia con nuestros niños y jóvenes. Que santa Isabel de Portugal, celebrada el 4 de julio, nos recuerde también la importancia de la reconciliación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos, para seguir adelante y con energía renovada en ese seguimiento y misión de Jesucristo.

Madrid, 04 de julio de 2013. Luis Javier Moxó Soto

lunes, 1 de julio de 2013

Año de la Fe, año del catecismo (XI)

JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

125. ¿Qué eran «los infiernos» a los que Jesús descendió»?
Los «infiernos» –distintos del «infierno» de la condenación– constituían el estado de todos aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo. Con el alma unida a su Persona divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios. Después de haber vencido, mediante su propia muerte, a la muerte y al diablo «que tenía el poder de la muerte» (Hb 2, 14), Jesús liberó a los justos, que esperaban al Redentor, y les abrió las puertas del Cielo.

126. ¿Qué lugar ocupa la Resurrección de Cristo en nuestra fe?
La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la Cruz, una parte esencial del Misterio pascual.

127. ¿Qué «signos» atestiguan la Resurrección de Cristo?
Además del signo esencial, que es el sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por las mujeres, las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles. Jesús después «se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15, 5-6), y aún a otros. Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad.

128. ¿Por qué la Resurrección es también un acontecimiento trascendente?
La Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque, además de ser un
evento histórico, verificado y atestiguado mediante signos y testimonios, transciende y
sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios. Por este motivo, Cristo resucitado no se manifestó al mundo, sino a sus discípulos, haciendo de ellos sus testigos ante el pueblo.

129. ¿Cuál es el estado del cuerpo resucitado de Jesús?
La Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso. Por esta razón Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde quiere y bajo diversas apariencias.

130. ¿De qué modo la Resurrección es obra de la Santísima Trinidad?
La Resurrección de Cristo es una obra trascendente de Dios. Las tres Personas divinas actúan conjuntamente, según lo que es propio de cada una: el Padre manifiesta su poder, el Hijo «recobra la vida, porque la ha dado libremente» (Jn 10, 17), reuniendo su alma y su cuerpo, que el Espíritu Santo vivifica y glorifica.

131. ¿Cuál es el sentido y el alcance salvífico de la Resurrección?

La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo. 

«JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS, Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO»

132. ¿Qué representa la Ascensión?
Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una
humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado.

«DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS»

133. ¿Cómo reina ahora el Señor Jesús?
Como Señor del cosmos y de la historia, Cabeza de su Iglesia, Cristo glorificado permanece misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. Un día volverá en gloria, pero no sabemos el momento. Por esto, vivimos vigilantes, pidiendo: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).

134. ¿Cómo se realizará la venida del Señor en la gloria?
Después del último estremecimiento cósmico de este mundo que pasa, la venida gloriosa de Cristo acontecerá con el triunfo definitivo de Dios en la Parusía y con el Juicio final. Así se consumará el Reino de Dios.

135. ¿Cómo juzgará Cristo a los vivos y a los muertos?
Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido para salvar a los hombres. Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se realizará «la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), en la que «Dios será todo en todos» (1 Co 15, 28).