"Los católicos en internet debemos construir caminos de evangelización, no de odio e intolerancia".

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

Pontificia, Real, Ilustre, Franciscana y Muy Antigua Hermandad del Santo Rosario de la Divina Pastora de las Almas y Redil Eucarístico -CANTILLANA-

sábado, 27 de abril de 2013

María, ejemplo de caridad



Entre los santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas la muestra comprometida en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció «unos tres meses» (Lc 1,56) para atenderla durante la fase final del embarazo. «Magnificat anima mea Dominum», -«proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46)-, dice con ocasión de esta visita, y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios y no a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1,38.48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios. Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse a ella y llamarla al servicio total de estas promesas. Es una mujer de fe: «¡Dichosa tú, que has creído!», le dice Isabel (Lc 1,45).

El Magníficat -un retrato de su alma, por decirlo así- está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se pone de manifiesto que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada. María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama.

Lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narran los relatos evangélicos de la infancia. Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y la hace presente a Jesús. Lo vemos en la humildad con que acepta ser como olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre llegará solamente en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús (cf. Jn 2,4; 13,1). Entonces, cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14).

La vida de los santos no comprende sólo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos. En nadie lo vemos mejor que en María. La palabra del Crucificado al discípulo -a Juan y, por medio de él, a todos los discípulos de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27)- se hace de nuevo verdadera en cada generación. María se ha convertido efectivamente en Madre de todos los creyentes. A su bondad materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y sufrimientos, en su soledad y en su convivencia. Y siempre experimentan el don de su bondad; experimentan el amor inagotable que derrama desde lo más profundo de su corazón.

Los testimonios de gratitud, que le manifiestan en todos los continentes y en todas las culturas, son el reconocimiento de aquel amor puro que no se busca a sí mismo, sino que sencillamente quiere el bien. La devoción de los fieles muestra al mismo tiempo la intuición infalible de cómo es posible este amor: se alcanza merced a la unión más íntima con Dios, en virtud de la cual se está impregnado totalmente de él, una condición que permite a quien ha bebido en el manantial del amor de Dios convertirse él mismo en un manantial «del que manarán torrentes de agua viva» (Jn 7,38). María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor, dónde tiene su origen y de dónde le viene su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor:

Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
seamos capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.

(Benedicto XVI. De la Encíclica "Deus cáritas est", 25-XII-05)

jueves, 25 de abril de 2013

Año de la Fe, año del Catecismo (VII)


 El hombre

66. ¿En qué sentido el hombre es creado «a imagen de Dios?»
El hombre ha sido creado a imagen de Dios, en el sentido de que es capaz de conocer y amar libremente a su propio Creador. Es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ama por sí misma, y a la que llama a compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor. El hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien capaz de conocerse, de darse libremente y de entrar en comunión con Dios y las otras personas.

67. ¿Para qué fin ha creado Dios al hombre?
Dios ha creado todo para el hombre, pero el hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios, para ofrecer en este mundo toda la Creación a Dios en acción de gracias, y para ser elevado a la vida con Dios en el cielo. Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre, predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre, que es la perfecta «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15).

68. ¿Por qué los hombres forman una unidad?
Todos los hombres forman la unidad del género humano por el origen común que les viene de Dios. Además Dios ha creado «de un solo principio, todo el linaje humano» (Hch 17, 26). Finalmente, todos tienen un único Salvador y todos están llamados a compartir la eterna felicidad de Dios.

69. ¿De qué manera el cuerpo y el alma forman en el hombre una unidad?
La persona humana es, al mismo tiempo, un ser corporal y espiritual. En el hombre el espíritu y la materia forman una única naturaleza. Esta unidad es tan profunda que, gracias al principio espiritual, que es el alma, el cuerpo, que es material, se hace humano y viviente, y participa de la dignidad de la imagen de Dios.

70. ¿Quién da el alma al hombre?
El alma espiritual no viene de los progenitores, sino que es creada directamente por Dios, y es inmortal. Al separarse del cuerpo en el momento de la muerte, no perece; se unirá de nuevo al cuerpo en el momento de la resurrección final.

71. ¿Qué relación ha establecido Dios entre el hombre y la mujer?
El hombre y la mujer han sido creados por Dios con igual dignidad en cuanto personas
humanas y, al mismo tiempo, con una recíproca complementariedad en cuanto varón y mujer. Dios los ha querido el uno para el otro, para una comunión de personas. Juntos están también llamados a transmitir la vida humana, formando en el matrimonio «una sola carne» (Gn 2, 24), y a dominar la tierra como «administradores» de Dios.

72. ¿Cuál era la condición original del hombre según el designio de Dios?
Al crear al hombre y a la mujer, Dios les había dado una especial participación de la vida divina, en un estado de santidad y justicia. En este proyecto de Dios, el hombre no habría debido sufrir ni morir. Igualmente reinaba en el hombre una armonía perfecta consigo mismo, con el Creador, entre hombre y mujer, así como entre la primera pareja humana y toda la Creación.

La caída

73. ¿Cómo se comprende la realidad del pecado?
En la historia del hombre está presente el pecado. Esta realidad se esclarece plenamente sólo a la luz de la divina Revelación y, sobre todo, a la luz de Cristo, el Salvador de todos, que ha hecho que la gracia sobreabunde allí donde había abundado el pecado.

74. ¿Qué es la caída de los ángeles?
Con la expresión «la caída de los ángeles» se indica que Satanás y los otros demonios, de los que hablan la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles creados buenos por Dios, que se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, dando así origen al infierno. Los demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios, pero Dios afirma en Cristo su segura victoria sobre el Maligno.

 
75. ¿En qué consiste el primer pecado del hombre?
El hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y, desobedeciéndole, quiso «ser como Dios» (Gn 3, 5), sin Dios, y no según Dios. Así Adán y Eva perdieron inmediatamente, para sí y para todos sus descendientes, la gracia de la santidad y de la justicia originales.

76. ¿Qué es el pecado original?
El pecado original, en el que todos los hombres nacen, es el estado de privación de la santidad y de la justicia originales. Es un pecado «contraído» no «cometido» por nosotros; es una condición de nacimiento y no un acto personal. A causa de la unidad de origen de todos los hombres, el pecado original se transmite a los descendientes de Adán con la misma naturaleza humana, «no por imitación sino por propagación». Esta transmisión es un misterio que no podemos comprender plenamente.

77. ¿Qué otras consecuencias provoca el pecado original?
Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente
corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al
sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia.

78. ¿Qué ha hecho Dios después del primer pecado del hombre?
Después del primer pecado, el mundo ha sido inundado de pecados, pero Dios no ha
abandonado al hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le predijo de modo
misterioso –en el «Protoevangelio» (Gn 3, 15)– que el mal sería vencido y el hombre
levantado de la caída. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor. Por ello, la caída será incluso llamada feliz culpa, porque «ha merecido tal y tan grande Redentor» (Liturgia de la Vigilia pascual).

lunes, 22 de abril de 2013

Apóstoles de la Divina Pastora (III)


Beato Diego José de Cádiz  
José Francisco López-Caamaño y García Pérez nació en Cádiz el 30 de marzo de 1743. Pertenecía a una ilustre familia. Su madre murió cuando él tenía 9 años y se estableció en la localidad gaditana de Grazalema con su padre. Cursó estudios con los dominicos de Ronda, Málaga. Pero a los 15 años eligió a los capuchinos de Sevilla, venciendo su rechazo a la vida religiosa, y a esta Orden en particular, para tomar el hábito y nombre con el que iba a ser encumbrado a los altares. Dejando atrás la cierta aversión inicial al compromiso que estableció, años más tarde, al referirse retrospectivamente a su vocación se aprecia cuánto había cambiado. Puede que ni «Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo». En 1766 fue ordenado sacerdote. Le acompañaba único anhelo: alcanzar la santidad. Quería ser un gran apóstol sin excluir el martirio. Y dejó constancia de ello: «¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!». Pero el camino de la santidad generalmente Dios no se lo pone fácil a sus hijos. Durante unos años las oscilaciones en su vida espiritual fueron habituales, hasta que sufrió una radical transformación con la gracia de Cristo. Ello no le libró de experiencias que suelen presentarse en el itinerario que conduce a la unión con la Santísima Trinidad. Pasó por contradicciones y oscuridades. Fueron frecuentes sus luchas contra las tentaciones de la carne y tuvo que combatir brotes de apatía en el cumplimiento de su misión, entre otras muchas debilidades que afrontó y superó. Nadie, solo Dios, sabía de las pugnas interiores de este gran apóstol, cuya entrañabilidad y peculiar sentido del humor era especialmente apreciado en las distancias cortas.
Desde 1771 y durante treínta años su actividad en misiones populares se extendió por casi toda la geografía española. Sus grandes dotes de oratoria y elocuencia pasadas por la oración obraban prodigios en las gentes a través una predicación de la que se ha subrayado, además de su rigor, la sencillez y dignidad. Su contribución fue inestimable en un período marcado por el regalismo y el jansenismo que estaban en su apogeo. Como tantas veces sucede al juzgar a mentes preclaras, y más con la hondura de vida del beato, las valoraciones no son siempre benevolentes. Cuando únicamente se examinan sus pasos desde un punto de vista racional, apelando a un análisis histórico frecuentemente cargado de prejuicios, como algunos críticos han hecho, queda en la penumbra lo esencial: su grandeza espiritual y excepcionales cualidades puestas al servicio de la fe y de la Iglesia en momentos de indudable dificultad. Tratando de la oratoria religiosa, el gran Menéndez y Pelayo lo situó detrás de san Vicente Ferrer y de san Juan de Ávila. Y es que Diego José promovía una profunda renovación espiritual en su auditorio. Llegó a predicar en la corte. Sus palabras tuvieron gran influjo en la vida pública y también en la religiosa. Junto con la instrucción doctrinal que proporcionaba, impartía conferencias a hombres, mujeres y niños de toda condición social. Les alentaba con la celebración de la penitencia y el rezo público del Santo Rosario. Suscitaba emociones por igual en plebeyos, clérigos e intelectuales. Su fama le precedía y la muchedumbre que se citaba para oírle no cabía en las grandes catedrales. Tenía que hablar al aire libre durante varias horas, a veces, a cuarenta y hasta a sesenta mil personas, que le consideraban un «enviado de Dios».

Ese imponente despliegue de multitudes que acudían a él enfervorecidas pone de manifiesto que los integrantes de la vida santa han sido los verdaderos artífices de las redes sociales. Un entramado de seguidores con alta sensibilidad –que muchos hoy día querrían para sí–, supieron identificar la grandeza de Dios que rezuma una belleza inigualable en las palabras de este insigne apóstol. Fueron tres décadas de intensa dedicación llevando con singular celo la fe más allá de los confines de Andalucía en los que era bien conocido. Aranjuez, Madrid, poblaciones de Toledo y de Ciudad Real, Aragón, Levante, Extremadura, Galicia, Asturias, León, Salamanca, incluso Portugal y otras, fueron recorridas a pie por este incansable peregrino que impregnó con la fuerza de su voz, avalada por una virtuosísima vida, el corazón de las gentes. Una gran mayoría en su época lo consideró un «nuevo san Pablo». Penitencia y oración continua fueron sus armas apostólicas, mientras su cuerpo se estremecía bajo un rústico cilicio. Si hubiera contado con los medios y técnicas que existen en la actualidad sus conquistas para Cristo superarían lo imaginable.
Era un gran devoto de María bajo la advocación de la Divina Pastora, de la que fue encendido defensor. Fue agraciado con carismas extraordinarios como el don de profecía y numerosos milagros que efectuaba con su proverbial sentido del humor y el gracejo andaluz que poseía. Su correspondencia epistolar, sermones, obras ascéticas y devocionales son incontables. Se le ha conocido como el «apóstol de la misericordia». Murió en Ronda el 24 de marzo de 1801 cuando se hallaba en un proceso ante la Inquisición donde fue llevado por quienes no supieron identificar en él al santo que fue. Le cubrieron con penosos signos de ingratitud que desembocaron en una injusta y humillante persecución. Por encima de los ciegos juicios humanos Dios ya le había reservado la gloria eterna. Fue beatificado por León XIII el 22 de abril de 1894.


La labor misionera del Beato Diego José de Cádiz

Treinta años de activísima vida misionera no caben en unas páginas. No es posible reducir a tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca.
Uno de los estandartes de la Divina Pastora
que utilizó el Beato Diego en sus misiones
Pero hay que recordar, además, que en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como a un «enviado de Dios»); que tuvo por oyentes de su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y universitarios y a las clases más populares, al clero en todas sus categorías y a los ejércitos de mar y tierra, a los ayuntamientos y cabildos eclesiásticos y a los simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de las cárceles; que intervino con su consejo personal y con su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos, bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales asuntos de su época y en la dirección de muchas conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes; que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de oración mental al día; y que, si le seguía un cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial.
¿Cómo describir, siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual, durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones. Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y aun veinte días en cada ciudad.
La misión concreta de su vida y el porqué de su existencia podría resumirse en esta sola frase: fue el enviado de Dios a la España oficial de fines de aquel siglo y el auténtico misionero del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio.
Nuestros intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las puertas del alma española a la revolución que nos venía de allende el Pirineo, disfrazada de «ilustración», de maneras galantes, de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la «pérdida de Dios» en las inteligencias. Luego vendría la «pérdida de Dios» en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después.

No todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio con intuición penetrante –y mejor diríamos profética–, ya desde sus primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: «¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!»
Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se lo inculcaba repetidas veces: «Fray Diego misionero es un legítimo enviado de Dios a España». Y convencido de ello, el santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la fe y de la patria y presentar la batalla a la «ilustración». Había que evitar esa «pérdida de Dios» en las inteligencias y fortalecer la austeridad de costumbres en la masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y Godoy...!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban.
En su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: «No quiero que los reyes se acuerden de mí».
Para cumplir fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios, que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación continua de visibles milagros.
Pero Dios no se lo dio todo hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él más que al misionero del pueblo que predica con celo de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol, aparece también a cada momento el hombre. También él siente las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun sólo «a costa de estudio y de trabajo» –dice él– logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo, nada de «tremendismo» en su predicación, como no fuera en contados momentos, cuando el impulso divino le arrebata a ello. Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de los pueblos por medio de un castigo misericordioso, «yo lo pido –escribe– por medio de una misericordia sin castigo». Y no se olvide que vivió en los peores tiempos del rigorismo. ¿Y cómo no iba a ser así, si él fue siempre, como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en los milagros que hacía?
Pero el celo de la gloria de Dios y el bien de las almas le dominaron de suerte que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo, y aquel idear disparates: como el deseo de no morir, para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos de París en 1793, para reducir a buen camino a los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa.
Dícese de Napoleón que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias y su derrota definitiva: «La desgraciada guerra de España es la que me ha derribado». Pero esta guerra no la vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del «enviado de Dios». Este pueblo, fiel a la misión de fray Diego, no traicionó a su fe ni a su patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión, traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su fe.
Sólo Dios puede medir y valorar –como sólo Él los puede premiar– los frutos que produjo la constante y difícil, fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: «Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo». Y lo fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue un don que Dios concedió a España a fines del XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos, fray Diego fue capuchino, misionero y santo.
Serafín de Ausejo, O.F.M.Cap., 
Beato Diego José de Cádiz, en Año Cristiano, Tomo I, 
Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 684- 687

sábado, 20 de abril de 2013

Domingo del Buen Pastor: Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones


Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo IV de Pascua, domingo del Buen Pastor, celebramos también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En ella se nos recuerda que en la tarea salvadora, que nace del misterio pascual, el Señor Jesús necesita colaboradores para cumplir la misión recibida del Padre y que Él confió a sus Apóstoles. A través de nosotros, sacerdotes y consagrados, el Señor sigue predicando, enseñando, santificando, perdonando los pecados, sanando las heridas físicas y morales, consolando a los tristes y acompañando a los que sufren. Son las distintas vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir cumpliendo la misión del Buen Pastor al servicio del Pueblo de Dios.

Muy consciente de que en el campo de las vocaciones la iniciativa parte de Dios, que espera la respuesta humana, os invito en primer lugar a pedir Dueño de la mies, con mucha fe y de forma ininterrumpida, que envíe obreros a su mies (Mt 9,38). La vocación es un don divino. Es Él quien llama, escogiendo a algunos para que le sigan más de cerca y sean sus ministros y testigos. A pesar de que en estos momentos en muchos países la crisis vocacional es profunda, el Señor sigue llamando. Por ello, nuestra primera obligación, desde las familias, las parroquias, los movimientos, grupos apostólicos y comunidades religiosas, es orar incesantemente para que la iniciativa divina encuentre acogida en el corazón de nuestros jóvenes, de forma que sean muchos los que se decidan a entregar su vida al Señor para colaborar con Él en su obra de salvación.

El mejor modelo de docilidad y adhesión generosa al plan divino es Jesucristo, que se ofrece al Padre y se inmola por nosotros en el árbol de la Cruz, y que continúa cada día ofreciendo su vida en la Eucaristía por la salvación de la humanidad. En Él tienen nuestros jóvenes el modelo más eximio de diálogo vocacional entre la libre iniciativa del Padre y la respuesta confiada de Cristo, un diálogo que en nuestro caso debe estar impregnado de gratitud y confianza, que despeje todos los temores ante la propia flaqueza o ante la incomprensión de los demás. Por ello, la Eucaristía, contemplada, recibida y adorada es el ambiente más propicio para descubrir la llamada, abandonarse a la voluntad de Dios, fiarse de Él y responder con prontitud.

Mirando a Cristo y atraídos por Él, a la largo de la historia de la Iglesia, muchos hombres y mujeres dejaron familia, posesiones y proyectos vitales para seguir a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio en la vida contemplativa, en los institutos de vida consagrada y en el ministerio sacerdotal. Todos ellos han vivido la experiencia que entraña toda vocación, un diálogo fecundo entre Dios y el hombre, un misterioso encuentro entre la predilección del Señor que llama y la libertad del hombre que responde con amor, escuchando al mismo tiempo estas palabras alentadoras: "No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto" (Jn 15, 16).

En el camino del discernimiento vocacional es natural que afloren los miedos, considerando lo insólito de la llamada y al mismo tiempo la propia flaqueza. En realidad, ninguno de nosotros podemos considerarnos dignos de la elección. Ninguno de nosotros puede considerarse merecedor de acceder al ministerio sacerdotal o de abrazar la vida consagrada. Es al Señor a quien corresponde llevar a término su proyecto de salvación. Por ello, la respuesta nunca puede parecerse al cálculo miedoso del siervo indolente que esconde el talento recibido en la tierra (Mt 25, 14-30). Más bien debe ser análoga a la respuesta de Pedro que, confiando en el Señor, no duda en echar de nuevo las redes pese a haber estado toda la noche faenando sin éxito (Lc 5,5). Semejante fue también la respuesta de la Santísima Virgen en la Anunciación, en la que se abandona a los designios del Altísimo y pronuncia su sí, que le convierte en Madre de Dios.

Concluyo mi carta dirigiéndome a los jóvenes que ahora mismo se plantean su futuro vocacional y sienten en su corazón la caricia del Señor y su propuesta de futuro. ¡Sed valientes! ¡No os desaniméis ante las dificultades y las dudas; confiad en Dios y seguidle con fidelidad! ¡Contad siempre con su gracia y con la ayuda maternal de la Virgen, que cuidará de vosotros! El premio no es otro que la alegría recrecida y la bienaventuranza de aquellos que escuchan la palabra de Dios y la acogen con gratitud y humildad de corazón.

Pido humilde y encarecidamente a todos los sacerdotes y religiosos que, o en este sábado, o en este domingo, organicen actos especiales de oración por las vocaciones en las parroquias, iglesias y oratorios, que bien pudiera ser ante el Santísimo expuesto.

A todos os envío mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

María, Madre del Buen Pastor Jesucristo


La Lumen Gentium dedica todo el n. 55 a las profecías del Antiguo Testamento, sobre la función de María como Madre del Mesías. Esta madre aparece ya “proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente hecha a los primeros padres caídos en pecado”. “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar” (Gén 3, 15).

Isaías la preanuncia como virgen-madre: “He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7, 14). Miqueas predice el engrandecimiento de la pequeña Belén Efrata porque allí nacerá el “gobernador de Israel”, quien “pastoreará firme con la fuerza de Yahvé”, cuando “la parturienta dé a luz...” (Miq 5, 1-3). El Mesías será esperado entonces como “pastor” asistido por la fuerza de Dios.

Todas las promesas se cumplieron cuando hace ya dos mil años, en un período maduro llamado “plenitud de los tiempos”, en una noche fría, en las afueras de Belén y más precisamente en una cueva de animales, “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4, 4).

José y María, que estaba encinta, llegaron al santo lugar escogido por Dios. “Mientras estaban ahí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre porque no tenían sitio en el albergue” (Lc 2, 6-7). San Juan nos transmitirá este hecho feliz y trascendental de la historia con brevedad y precisión: “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Jn 1, 14).

Los primeros visitantes del “Pastor de Israel” serían “unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño” (Lc 2, 8). Esa visita de los humildes y pobres pastores era como el reconocimiento de su “Mayoral” (cf. 1 Ped 5, 4) que se les había acercado, del Pastor de los pastores, de quien se definiría a sí mismo más tarde diciendo: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11).

María Virgen, la “predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo... fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor... Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la Cruz , cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG, 61). En estas líneas el Concilio implícitamente se habla de María Corredentora, para más adelante acoger los títulos de Abogada, Auxi­liadora, Socorro, Mediadora que la Iglesia siempre le ha reconocido.

Es justo y muy grato llamar “MADRE DEL BUEN PASTOR”, a María, la dichosa Virgen-Madre, la “Nueva Eva” que “dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos” (cf. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno” (LG, 63). En lógica consecuencia, todos los que nos identificamos en nuestro ser y en nuestra misión con el Buen Pastor, llenos de gozo y esperanza, podemos llamar a María “Madre de los Pastores”, es decir, nuestra propia Madre.

He aquí algunos textos patrísticos que remiten a la figura “pastoral” de María. Ellos, por sí solos, hablarán de la relación estrecha entre nosotros pastores y María, nos recordarán al Buen Pastor y, como siempre sucede con todo aquello que se diga de María, nos remitirán al Hijo.

•  Melitón de Sardes en la Homilía sobre la pascua, presenta a la Virgen María en una dimensión que está íntimamente ligada al mundo pastoral y al misterio de la salvación:
    Él es Aquel que se ha encarnado en una Virgen...
    Él es el Cordero que no tiene voz.

    Él es el Cordero inmolado.

    Él es Aquel que ha nacido de María, la bella cordera.

•  San Efrén (+ 373) es quizás quien con mayor claridad aplica a María un lenguaje pastoral:
    “Todos saben que María es la puerta de la Luz : a través de ella el mundo y sus habitantes han sido iluminados” (Himno sobre la Natividad ).

    “En la primavera, cuando los corderos vagan por los campos, Cristo entra en el vientre virginal, luego entra en el río... En invierno los corderos recién nacidos son vistos primero por los pastores y justamente ellos conocieron primero el nacimiento del verdadero Cordero anunciado desde el cielo. El lobo antiguo vio al Cordero tomando el alimento materno y tuvo miedo porque se había disfrazado con la piel de una oveja, mientras el Pastor universal se convirtió en un cordero del rebaño: así dispuso Él mismo hacerse devorar como Cordero manso para poder derrotar al sanguinario con su propia potencia. El Santo habitó con su cuerpo en el seno materno, mientras ahora tiene su morada, con su Espíritu, en el alma: si María, que lo concibió, se abstuvo de las bodas (en el sentido de fiesta de pecado), el alma que es por Él habitada se abstenga del libertinaje” (Sermones de Nativitate).
    “María Madre es un prodigio divino: acogió al Señor y lo hizo hacerse siervo; acogió la Palabra encarnada y la hizo convertirse en muda; acogió a Aquel que truena y le cortó la voz; acogió al Creador y Salvador y los transformó en Cordero (Sermones de Nativitate).
    “Oh Virgen, Señora, Madre de Dios, que llevaste en el vientre a Cristo Salvador y Señor nuestro, en ti yo coloco toda mi esperanza, en ti confío, porque eres la más excelsa de todas las potencias celestiales. Protégeme con tu gracia purísima que viene de Dios, muéstrame el camino para hacer la santa voluntad de tu Hijo y Señor nuestro” (Precationes ad Deiparam).
    En uno de los himnos a María, san Efrén, lee poéticamente el pasaje del sacrificio de Isaac y en especial la sustitución con un cordero en el momento de la inmolación: “Ni antes, ni después el árbol generó un cordero sobre la tierra, ni otra Virgen generó sin el concurso de hombre. María y el árbol representan una sola realidad. El cordero estaba sujeto a las ramas, mientras el Señor nuestro lo estaba en el Gólgota. El cordero salvó a Isaac y nuestro Señor a las creaturas”.

•  San Proclo de Constantinopla (+ 446) en su cuarto discurso de Navidad:
    “Corran los pastores porque ha nacido el Pastor de la Cordera Virgen... De hecho, el Pastor ha querido revestirse en forma nueva...”.

•  San Andrés de Creta (+ 740):
    “María da alimento a Quien todos nutre, María es el vestido sin mancha de Aquel que es al mismo tiempo Cordero y Pastor, María es la oveja sin mancha que generó al Cordero Cristo, María es la mesa inteligente de la fe que ha preparado el pan de la vida para el mundo entero” (Homilia in laudem 5. Mariae).

•  San Juan Damasceno (+ 750):
    “Exulte la naturaleza: viene al mundo la Cordera , en la cual el Pastor se transformará en oveja y arrancará la túnica de la antigua muerte... María es la Cordera que genera al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

•  El himno Akathistos (s. VI):
    Los pastores oyeron los angélicos coros,

    que al Señor hecho hombre cantaban.

    Para ver al Pastor van corriendo;

    un cordero inocente contemplan

    que del pecho materno se nutre

    y a la Virgen le cantan...

    Salve, nutriz del Pastor y Cordero;

    salve, aprisco de fieles rebaños.

Conclusiones

      Madre del Buen Pastor y Madre nuestra

El Hijo es el “Buen Pastor”, María es la “Madre del Buen Pastor”. El Hijo es el Señor, Ella es la Señora. El Hijo es el “Cordero de Dios”, Ella es la “casta Cordera”. El Hijo es el Mayoral de los pastores, Ella es la divina “Pastora”. El Hijo es el príncipe de los pastores, Ella es la Reina de los pastores. El Hijo es el Maestro, Ella es la Maestra de los pastores. Pues bien, si nosotros somos prolongadores y actual presencia del Buen Pastor hemos de acudir a la Madre y Maestra para que Ella nos enseñe cómo apacentar en el tiempo presente.


Ella, la Madre de la Iglesia, la llena del Espíritu Santo, el “icono viviente del Espíritu” nos acompañe en esta hora a los pastores de la Iglesia así como estuvo al lado de los apóstoles en las primeras dificultades de la Iglesia. Con ellos estuvo en Caná (cfr. Jn 2, 1-11) y allí su intercesión fue escuchada por su Hijo. Con el apóstol Juan estuvo al pie de la cruz y allí nos la entregó el Señor como el más precioso tesoro de su corazón. Unida a los apóstoles vivió, y como primera, anticipándose a ellos, el indecible gozo de la resurrección; con ellos esperó y recibió el Don del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Junto a Juan, alentando a la Iglesia en su primera expansión, vivió después de la Ascensión (cfr. Hech 1, 12-14). Ella, la tierna Madre, presente en todo momento en el corazón de la Iglesia, está también guiando a sus hijos como Madre, Maestra y Reina de inagotable misericordia y sabiduría.

El seno bendito de María en donde se formó Jesús, el Verbo Encarnado, por el Espíritu Santo, siga siendo la cuna sacerdotal en donde se formen los actuales pastores. El corazón de María que enseñó a palpitar y a amar al Sagrado Corazón de Jesús, “manso y humilde’, nos enseñe a tener un corazón que arda en amor a Dios y a la Iglesia, amor que se haga visible a través de una entrega renovada a la Evangelización.

Fuente: Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Chile

miércoles, 17 de abril de 2013

María y la Eucaristía


María, como buena madre, nos lleva a amar a Jesús, que nos  espera en la Eucaristía. María fue el primer sagrario viviente de Jesús. El día de la Anunciación fue el día de su primera comunión real, pues Jesús se hizo presente en su vientre, no sólo como Dios, sino también como hombre. Y, en cada misa, celebrando el gran misterio de la Redención, siempre se encuentra María. El Papa Juan Pablo II decía: “María... está presente cada domingo en la Iglesia”.

¿Cómo podría ella, que es la Madre del Señor y Madre de la Iglesia, no estar presente por un título especial, el día, que es, a la vez, día del Señor y día de la Iglesia?... De domingo en domingo, el pueblo peregrino sigue las huellas de María y su intercesión materna hace particularmente intensa y eficaz la oración que la Iglesia eleva a la Santísima Trinidad. María guía a los fieles a la Eucaristía.

En cada misa, María ve en cada sacerdote a su Hijo Jesús y se lo ofrece. Además, cada misa es la renovación del misterio de la Navidad, es la actualización del nacimiento de Jesús en medio de nosotros y ¿cómo podría hacerse presente Jesús sin su madre? Por eso, junto a cada hostia consagrada, está presente María, como una madre que acompaña siempre a su Hijo divino, pues ambos son inseparables para siempre.

El primer amor de María fue Jesús y Él está presente en la Eucaristía. De ahí que nuestra primera devoción mariana debe ser Jesús Sacramentado. Si queremos encontrar a María, para hablar personalmente con Ella, no necesitamos ir muy lejos, a santuarios lejanos; donde más cerca la encontraremos es en la Eucaristía: en cada misa celebrada o en cada sagrario.

Santa Catalina Labouré dice que, cuando se le apareció la Virgen María el 18 de julio de 1830: “Después de haberse postrado ante el sagrario, María fue a sentarse en el sillón... Fue el momento más dulce de mi vida. Me es imposible explicar lo que entonces experimenté... Ella me explicó cómo debía comportarme en las pruebas de la vida. Luego, con la mano, me indicó el altar (sagrario) y me dijo que debía arrodillarme y abrir allí mi corazón, que en ese lugar encontraría todo el consuelo que necesitaba”.

San Juan Bosco, un enamorado de María y de Jesús Sacramentado, escribe en sus Memorias: “Si los hombres pudiesen persuadirse del gran consuelo que, en el momento de la muerte, produce el haber sido devotos de la Virgen, todos buscarían modos nuevos de rendirle especiales honores. Será Ella, precisamente, la que con su Hijo en brazos constituirá contra el enemigo del alma nuestra auténtica defensa en la última hora. Ya puede el infierno entero declararnos la guerra; con María al lado, el triunfo será nuestro... Tú sé siempre de los verdaderos devotos de la Virgen, y añade a esto la frecuencia de los sacramentos de la confesión y la comunión”.

Uno de sus sueños más famosos es el sueño de las dos columnas, que contó el 30 de mayo de 1862: Un mar agitado por las olas y, en medio del mar, un barco mucho más alto y grande que muchos otros, que están a su alrededor, queriendo destruirlo con sus espolones y sus cañones. El barco lo guía el Papa en medio de la tempestad y de las naves enemigas (que significan los enemigos que desean destruir la Iglesia guiada por el Papa). En medio del mar hay dos columnas a las que se dirige el gran barco. Una columna con una imagen de la Virgen y la inscripción “Auxilio de los cristianos” y la otra más alta y más gruesa con una hostia grande con el cartel “Salud de los creyentes”. Cuando el Papa logra llegar a las dos columnas y se aferra a ellas, se calma la tempestad y todos los enemigos con sus naves quedan destruidos, viniendo una gran calma.

Las dos columnas o pilares de nuestra fe son la Virgen y la Eucaristía, obedeciendo al Papa, que guía a la Iglesia a amar a Jesús y María para asegurar nuestra fe.

(P.Ángel Peña O.A.R. María, Madre nuestra. 2008)

domingo, 14 de abril de 2013

Año de la Fe, año del Catecismo (VI)


50. ¿Qué significa que Dios es Todopoderoso? 
Dios se ha revelado como «el Fuerte, el Valeroso» (Sal 24, 8), aquel para quien «nada es imposible» (Lc 1, 37). Su omnipotencia es universal, misteriosa y se manifiesta en la creación del mundo de la nada y del hombre por amor, pero sobre todo en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo, en el don de la adopción filial y en el perdón de los pecados. Por esto la Iglesia en su oración se dirige a «Dios todopoderoso y eterno» («Omnipotens sempiterne Deus...»).

51. ¿Por qué es importante afirmar que «en el principio Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1, 1)?
Es importante afirmar que en el principio Dios creó el cielo y la tierra porque la creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios; manifiesta su amor omnipotente y lleno de sabiduría; es el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo; es el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo; es la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin.

52. ¿Quién ha creado el mundo?
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible del mundo, aunque la obra de la Creación se atribuye especialmente a Dios Padre.

53. ¿Para qué ha sido creado el mundo?
El mundo ha sido creado para gloria de Dios, el cual ha querido manifestar y comunicar su bondad, verdad y belleza. El fin último de la Creación es que Dios, en Cristo, pueda ser «todo en todos» (1 Co 15, 28), para gloria suya y para nuestra felicidad.

«Porque la gloria de Dios es el que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios» (San Ireneo de Lyon)

54. ¿Cómo ha creado Dios el universo?
Dios ha creado el universo libremente con sabiduría y amor. El mundo no es el fruto de una necesidad, de un destino ciego o del azar. Dios crea «de la nada» (–ex nihilo–: 2 M 7, 28) un mundo ordenado y bueno, que Él transciende de modo infinito. Dios conserva en el ser el mundo que ha creado y lo sostiene, dándole la capacidad de actuar y llevándolo a su realización, por medio de su Hijo y del Espíritu Santo.

55. ¿En qué consiste la Providencia divina? 
La divina Providencia consiste en las disposiciones con las que Dios conduce a sus criaturas a la perfección última, a la que Él mismo las ha llamado. Dios es el autor soberano de su designio. Pero para realizarlo se sirve también de la cooperación de sus criaturas, otorgando al mismo tiempo a éstas la dignidad de obrar por sí mismas, de ser causa unas de otras.

56. ¿Cómo colabora el hombre con la Providencia divina?
Dios otorga y pide al hombre, respetando su libertad, que colabore con la Providencia mediante sus acciones, sus oraciones, pero también con sus sufrimientos, suscitando en el hombre «el querer y el obrar según sus misericordiosos designios» (Flp 2, 13).


57. Si Dios es todopoderoso y providente ¿por qué entonces existe el mal?
Al interrogante, tan doloroso como misterioso, sobre la existencia del mal solamente se puede dar respuesta desde el conjunto de la fe cristiana. Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la causa del mal. Él ilumina el misterio del mal en su Hijo Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado para vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres y que es la raíz de los restantes males.

58. ¿Por qué Dios permite el mal?
La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo. Esto Dios lo ha realizado ya admirablemente con ocasión de la muerte y resurrección de Cristo: en efecto, del mayor mal moral, la muerte de su Hijo, Dios ha sacado el mayor de los bienes, la glorificación de Cristo y nuestra redención.


El cielo y la tierra


59. ¿Qué ha creado Dios?
La Sagrada Escritura dice: «en el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). La Iglesia, en su profesión de fe, proclama que Dios es el creador de todas las cosas visibles e invisibles: de todos los seres espirituales y materiales, esto es, de los ángeles y del mundo visible y, en particular, del hombre.

60. ¿Quiénes son los ángeles?
Los ángeles son criaturas puramente espirituales, incorpóreas, invisibles e inmortales; son seres personales dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles, contemplando cara a cara incesantemente a Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus mensajeros en el cumplimiento de la misión de salvación para todos los hombres.

61. ¿De qué modo los ángeles están presentes en la vida de la Iglesia?
La Iglesia se une a los ángeles para adorar a Dios, invoca la asistencia de los ángeles y celebra litúrgicamente la memoria de algunos de ellos.

«Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida» (San Basilio Magno)

62. ¿Qué enseña la Sagrada Escritura sobre la Creación del mundo visible?
A través del relato de los «seis días» de la Creación, la Sagrada Escritura nos da a conocer el valor de todo lo creado y su finalidad de alabanza a Dios y de servicio al hombre. Todas las cosas deben su propia existencia a Dios, de quien reciben la propia bondad y perfección, sus leyes y lugar en el universo.

63. ¿Cuál es el lugar del hombre en la Creación?

El hombre es la cumbre de la Creación visible, pues ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

64. ¿Qué tipo de relación existe entre las cosas creadas?
Entre todas las criaturas existe una interdependencia y jerarquía, queridas por Dios. Al mismo tiempo, entre las criaturas existe una unidad y solidaridad, porque todas ellas tienen el mismo Creador, son por Él amadas y están ordenadas a su gloria. Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que dimanan de la naturaleza de las cosas es, por lo tanto, un principio de sabiduría y un fundamento de la moral.

65. ¿Qué relación existe entre la obra de la Creación y la de la Redención?
La obra de la Creación culmina en la obra aún más grande de la Redención. Con ésta, de hecho, se inicia la nueva Creación, en la cual todo hallará de nuevo su pleno sentido y cumplimiento.

sábado, 13 de abril de 2013

Las fiestas pastoreñas en la Guía de Fiestas y Ferias de Sevilla y provincia

Hoy sábado el diario El Correo de Andalucía, regala a sus lectores la Guía de Fiestas y Ferias de la provincia de Sevilla, una práctica guía ilustrada con más de 64 páginas a todo color, con información actualizada sobre todas las celebraciones que tienen lugar durante este año en cada uno de los 105 municipios de nuestra provincia.

En el apartado dedicado a Cantillana aparece una fotografía de la procesión de la Divina Pastora por la calle de Martín Rey, realizada por Foto3, facilitada por nuestra hermandad para su publicación en la mencionada guía y que sirve para ilustrar el calendario festivo de nuestro pueblo.

La instantánea elegida refleja los momentos posteriores en que la Virgen es despojada del sombrero de Pastora, acto que tiene lugar en torno a la mitad del recorrido, en la calle Martín Rey, donde una vez llegada la procesión al lugar acostumbrado, que se encuentra especialmente decorado con arcos de flores, un sacerdote cantillanero y hermano de la hermandad sube al paso y, tras vitorear varias veces a la Divina Pastora, le quita el sombrero pastoril, mientras tiene lugar una impresionante lluvia de flores, suelta de palomas y fuegos artificiales, momento indescriptible en el que cada año el pueblo y miles de visitantes vibran al unísono en un mismo sentimiento de devoción y entusiasmo religioso a la Madre de Dios.

(Copyright: Foto3)
"Fiestas de la Divina Pastora. La Virgen sale en procesión por las calles, siendo el momento culminante la calle Martín Rey, cuando se le quita el sombrero. El último fin de semana de septiembre es la Romería, declarada de Interés Turístico de Andalucía. Miles de romeros peregrinan a la aldea de Los Pajares a pie, de donde regresan el domingo, con bengalas por el río Viar."
(Fuente: El Correo de Andalucía, 13-04-2013)

viernes, 12 de abril de 2013

"Ser cristianos no significa sólo cumplir los mandamientos"

En la audiencia general del pasado miércoles 10 de abril, el Papa Francisco continuó con la catequesis sobre la fe y por primera vez utilizó el español para resumir el contenido. Su santidad recalcó que "ser cristianos no significa sólo cumplir los diez mandamientos, sino que la fe está fundada en el amor, la gracia y la esperanza de Dios"; asimismo explicó que " la fe necesita que la cuidemos día a día a través de la reflexión, la oración, la caridad y los Sacramentos".

TEXTO COMPLETO DE LA CATEQUESIS EN ESPAÑOL:

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo reflexionar sobre el valor salvífico de la Resurrección de Jesús, en la que se funda nuestra fe y por la que hemos sido liberados del pecado y hechos hijos de Dios, generados a una vida nueva. Éste es el don más grande que recibimos del Misterio Pascual de Cristo. Dios nos trata como hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza y nos ama aun cuando nos equivocamos. Esta relación de hijos con el Señor debe crecer, ser alimentada cada día con la escucha de su Palabra, la oración, la participación en los Sacramentos y la práctica de la caridad.

Comportémonos como hijos de Dios, sin desanimarnos por nuestras caídas, sintiéndonos amados por Él, sabiendo que Él es nuestra fuerza. (...) Porque él es siempre fiel. Ser cristianos no se reduce sólo a cumplir los mandamientos, es ser de Cristo, pensar, actuar, amar como Él, dejando que tome posesión de nuestra existencia para que la cambie, la trasforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado. A quien nos pida razón de nuestra esperanza, mostrémosle a Cristo Resucitado y hagámoslo con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados. Porque nosotros también por el bautismo hemos resucitado como Cristo.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, provenientes de España, Argentina, México y los demás países hispanoamericanos. En particular, al grupo de las diócesis de Galicia, con sus Obispos, así como a los sacerdotes del curso de actualización del Pontificio Colegio Español, y al grupo del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, de Buenos Aires... (eso es muy importante). Invito a todos a dar testimonio del gozo de ser hijos de Dios, de la libertad que da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad. Muchas gracias.

Audiencia General del 10 de abril de 2013

            

sábado, 6 de abril de 2013

Jornada por la vida 2013


En noviembre de 2007, la Conferencia Episcopal Española decidió instituir una Jornada específica por la Vida a celebrar todos los años el día 25 de marzo, fiesta de la Encarnación del Señor. Pocas fechas son tan aptas, pues el misterio de la Encarnación del Señor nos invita a considerar la grandeza y dignidad de la vida humana. En efecto, el Hijo de Dios comenzó su vida en la tierra en el seno de su Madre. Este misterio nos recuerda, pues, que la vida humana tiene un valor sagrado, que todos debemos reconocer, respetar y promover porque es un don de Dios. Al coincidir este año la fiesta de la Encarnación con el Lunes Santo, la Iglesia en España celebra la fiesta de la Encarnación y la Jornada de la Vida el lunes 8 de abril con el lema "Humano desde el principio".

Son muchas las amenazas que se ciernen sobre la vida: el hambre, que padece un tercio de la humanidad; la violencia doméstica y la muerte de tantas mujeres a manos de aquellos con los que compartían su vida; los accidentes de tráfico, consecuencia muchas veces de la irresponsabilidad; las muertes en accidentes laborales, fruto en muchos casos de un liberalismo económico deshumanizado; la tragedia del SIDA que llena de dolor a muchas familias; las drogas, que roban la libertad y arrancan la vida de tantos jóvenes; la experimentación con embriones, muchos de los cuales son eliminados en el laboratorio; y sobre todo, el drama del aborto, que a su gravedad intrínseca, por ser la eliminación voluntaria de un ser humano, se une la tragedia de su aceptación sin pestañear por muchos conciudadanos nuestros en nombre del progreso y de la libertad de la mujer, una de las realidades más repulsivas de los últimos decenios, en opinión del filósofo Julián Marías.

Todavía está vigente en España la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que no es otra cosa que una liberalización total del aborto, considerado como un derecho de la mujer, mientras se conculcan los más elementales derechos del hijo que lleva en sus entrañas. Su carácter legal no le confiere el marchamo de moralidad, pues no todo lo que es legal es moral. El aborto es siempre una inmoralidad; no es progreso sino regresión. En realidad es un "crimen abominable", como lo calificó el Concilio Vaticano II. Esa misma calificación merece la eutanasia cuando lo que se busca es el acortamiento de una vida.


Con la Jornada de la Vida, los Obispos españoles pretendemos que los católicos nos sensibilicemos ante este tema auténticamente mayor, y que tratemos de sensibilizar a aquellos conciudadanos nuestros que aceptan acríticamente el hecho del aborto, a los que tenemos que decir que más que un progreso, el aborto es siempre una regresión y el triunfo del más fuerte sobre el más débil. La Jornada quiere ser una invitación a las comunidades cristianas a orar y proclamar el valor sagrado de toda vida humana desde su comienzo en la fecundación hasta su ocaso natural. De la oración debe brotar un compromiso decidido para anunciar a todos los que quieran escucharnos el Evangelio de la vida, de modo que paulatinamente vayamos sustituyendo la "cultura de la muerte" por una cultura que acoja y promueva la vida.

En las últimas décadas ha crecido, gracias a Dios, la conciencia de la dignidad sagrada de la persona humana, pero de modo selectivo. Todos abominamos de la tortura, la pena de muerte y la violencia contra las mujeres. Son muchos los voluntarios, sobre todo jóvenes, que se comprometen en el servicio a los pobres, aquí y en el Tercer Mundo. Todos sentimos la muerte de los trabajadores en accidentes laborales. Dios quiera que vaya creciendo también nuestra conciencia de que la vida debe ser promovida, tutelada y defendida en todas sus fases. En este sentido, respaldo y aliento a las instituciones, confesionales o no, que promueven iniciativas a favor de la vida y que ayudan a las madres en circunstancias difíciles para que acojan generosamente el fruto de sus entrañas.

Ruego a los sacerdotes que en la eucaristía del lunes 8 de abril hablen del don sagrado de la vida y que organicen actos especiales de oración con esta intención. Ruego también a los catequistas, profesores de Religión y responsables de grupos y movimientos apostólicos que se impliquen en esta Jornada y que recuerden a todos que el derecho a la vida es el primer derecho fundamental. En diciembre de 2007, la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución por la que se invitaba a los Estados miembros a instituir una moratoria en la aplicación de la pena de muerte. Dios quiera que llegue también el día en que el aborto sea suprimido de nuestras leyes y todos reconozcamos el inmenso y trágico error cometido en los siglos XX y XXI por la humanidad.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

jueves, 4 de abril de 2013

Humano desde el principio


SEMANA POR LA VIDA 2013

La Delegación Diocesana de Familia y Vida ha dado a conocer las diversas actividades que están teniendo lugar en la Archidiócesis de Sevilla en el marco de la Campaña por la Vida 2013, cuyo lema de este año es "Humano desde el principio".

La Jornada por la Vida se celebra cada año el día de la Encarnación, pero al coincidir esta festividad con el Lunes Santo, la Iglesia en España ha querido celebrar la fiesta de la Encarnación y la Jornada por la Vida el lunes 8 de abril. La Iglesia quiere celebrar en esta Jornada por la Vida el don precioso de la vida humana, especialmente en las primeras etapas tras su concepción. En esta ocasión, de manera especial, ante la falta de protección a la que hoy en día está sometida.


La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. La vida humana es un don que nos sobrepasa. Solo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término. Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el «derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente». Por ello, todo atentado contra la vida del hombre es también un atentado contra la razón, contra la justicia, y constituye una grave ofensa a Dios. De aquí la voz de la Iglesia extendiéndose por todas partes y proclamando que «el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción» y, por tanto, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida.

El arzobispo, mons. Asenjo Pelegrina, dedica la carta pastoral del domingo 7 a esta jornada y en ella destaca que los obispos españoles con la Jornada por la Vida “pretendemos que los católicos nos sensibilicemos ante este tema auténticamente mayor, y que tratemos de sensibilizar a aquellos conciudadanos nuestros que aceptan acríticamente el hecho del aborto, a los que tenemos que decir que más que un progreso, el aborto es siempre una regresión y el triunfo del más fuerte sobre el más débil. La Jornada quiere ser una invitación a las comunidades cristianas a orar y proclamar el valor sagrado de toda vida humana desde su comienzo en la fecundación hasta su ocaso  natural. De la oración debe brotar un compromiso decidido para anunciar a todos los que quieran escucharnos el Evangelio de la vida, de modo que paulatinamente vayamos sustituyendo la “cultura de la muerte” por una  cultura que acoja y promueva la vida”.

El sábado 6 de abril a las 12:00 en la Plaza Nueva de Sevilla, tendrá lugar una concentración "Sí a la Vida" con el objetivo de concienciar que defender la vida de los más débiles es lo mínimo que podemos hacer para que en el mundo se lleguen a conquistar los derechos de todos.


Estreno de la película provida October Baby

Además el viernes 12 de abril se estrena en los cines españoles la película provida October Baby, film que relata la vida de Gianna Jessen, la joven que sobrevivió a un intento de aborto.

Gianna Jessen es una activista cristiana pro-vida que sobrevivió después de que su madre biológica, de 17 años, tratara de abortar cuando estaba embarazada de siete meses y medio. El bebé, que debía nacer muerto nació vivo con diagnóstico de parálisis cerebral por la falta de oxígeno que sufrió en el útero.

Aunque los médicos no esperaban que viviera ni que pudiera siquiera sostener la cabeza, sentarse, gatear o caminar, gracias a la madre de acogida, Gianna a los tres años y medio comenzó a caminar con un andador y aparatos ortopédicos. A los 4 años fue adoptada y desde los 14 (actualmente tiene 35 años) lleva viajando por todo el mundo contando su historia.

Trailer de la película October Baby

                   

Testimonio de Gianna Jessen

                   

martes, 2 de abril de 2013

Año de la Fe, año del Catecismo (V)


LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO PRIMERO 
CREO EN DIOS PADRE

LOS SÍMBOLOS DE LA FE

33. ¿Qué son los símbolos de la fe?
Los símbolos de la fe, también llamados «profesiones de fe» o «Credos», son fórmulas articuladas con las que la Iglesia, desde sus orígenes, ha expresado sintéticamente la propia fe, y la ha transmitido con un lenguaje común y normativo para todos los fieles.

34. ¿Cuáles son los símbolos de la fe más antiguos?
Los símbolos de la fe más antiguos son los bautismales. Puesto que el Bautismo se administra «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), las verdades de fe allí profesadas son articuladas según su referencia a las tres Personas de la Santísima Trinidad.

35. ¿Cuáles son los símbolos de la fe más importantes?
Los símbolos de la fe más importantes son: el Símbolo de los Apóstoles, que es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma, y el Símbolo niceno-constantinopolitano, que es fruto de los dos primeros Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381), y que sigue siendo aún hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.

«CREO EN DIOS, PADRE TODOPODEROSO,
CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA»

36. ¿Por qué la profesión de fe comienza con «Creo en Dios»?
La profesión de fe comienza con la afirmación «Creo en Dios» porque es la más importante: la fuente de todas las demás verdades sobre el hombre y sobre el mundo y de toda la vida del que cree en Dios.


37. ¿Por qué profesamos un solo Dios?
Profesamos un solo Dios porque Él se ha revelado al pueblo de Israel como el Único, cuando dice: «escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor» (Dt 6, 4), «no existe ningún otro» (Is 45, 22). Jesús mismo lo ha confirmado: Dios «es el único Señor» (Mc 12, 29). Profesar que Jesús y el Espíritu Santo son también Dios y Señor no introduce división alguna en el Dios Único.

38. ¿Con qué nombre se revela Dios? 
Dios se revela a Moisés como el Dios vivo: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3, 6). Al mismo Moisés Dios le revela su Nombre misterioso: «Yo soy el que soy (YHWH)» (Ex 3, 14). El nombre inefable de Dios, ya en los tiempos del Antiguo Testamento, fue sustituido por la palabra Señor. De este modo en el Nuevo Testamento, Jesús, llamado el Señor, aparece como verdadero Dios.

39. ¿Sólo Dios «es»?
Mientras las criaturas han recibido de Él todo su ser y su poseer, sólo Dios es en sí mismo la plenitud del ser y de toda perfección. Él es «el que es», sin origen y sin fin. Jesús revela que también Él lleva el Nombre divino, «Yo soy» (Jn 8, 28).

40. ¿Por qué es importante la revelación del nombre de Dios?
Al revelar su Nombre, Dios da a conocer las riquezas contenidas en su misterio inefable: sólo Él es, desde siempre y por siempre, el que transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho cielo y tierra. Él es el Dios fiel, siempre cercano a su pueblo para salvarlo. Él es el Santo por excelencia, «rico en misericordia» (Ef 2, 4), siempre dispuesto al perdón. Dios es el Ser espiritual, trascendente, omnipotente, eterno, personal y perfecto. Él es la verdad y el amor.

«Dios es el ser infinitamente perfecto que es la Santísima Trinidad» (Santo Toribio de Mogrovejo)

41. ¿En qué sentido Dios es la verdad?
Dios es la Verdad misma y como tal ni se engaña ni puede engañar. «Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1, 5). El Hijo eterno de Dios, sabiduría encarnada, ha sido enviado al mundo «para dar testimonio de la Verdad» (Jn 18, 37).

42. ¿De qué modo Dios revela que Él es amor?
Dios se revela a Israel como Aquel que tiene un amor más fuerte que el de un padre o una madre por sus hijos o el de un esposo por su esposa. Dios en sí mismo «es amor» (1 Jn 4, 8.16), que se da completa y gratuitamente; que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16-17). Al mandar a su Hijo y al Espíritu Santo, Dios revela que Él mismo es eterna comunicación de amor.

43. ¿Qué consecuencias tiene creer en un solo Dios? 
Creer en Dios, el Único, comporta: conocer su grandeza y majestad; vivir en acción de gracias; confiar siempre en Él, incluso en la adversidad; reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres, creados a imagen de Dios; usar rectamente de las cosas creadas por Él.

44. ¿Cuál es el misterio central de la fe y de la vida cristiana? 
El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

45. ¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?
Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.

46. ¿Qué nos revela Jesucristo acerca del misterio del Padre?
Jesucristo nos revela que Dios es «Padre», no sólo en cuanto es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo, que es su Verbo, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Hb 1, 3).

47. ¿Quién es el Espíritu Santo, que Jesucristo nos ha revelado?
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo; «procede del Padre» (Jn 15, 26), que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y procede también del Hijo (Filioque), por el don eterno que el Padre hace al Hijo. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la «verdad plena» (Jn 16, 13).

48. ¿Cómo expresa la Iglesia su fe trinitaria? 
La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

49. ¿Cómo obran las tres divinas Personas? 
Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad.

«Dios mío, Trinidad a quien adoro... pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad)